viernes, 10 de abril de 2009

Claudio Naranjo, la escritura y el sentido de la vida

No sólo de escritura vive el hombre. La realización personal del gran proyecto que tengo entre manos es posible si me tomo en serio mis propias potencialidades (no hablo de los libros de autoayuda). Yo soy ese gran proyecto que ahora me ocupa. Cada escritor sabrá de qué material está hecha su motivación, pero en mi caso es innegable la necesidad de la escritura como herramienta para poder traer al frente al hombre que siempre he intentado esconder. para más información sobre Claudio Naranjo, visitar el blog de Aida Esther Pérez Lorenzo (se accede desde esta misma página)

Ángel González

No sé que tienen los poetas pesimistas que tanto me seducen, quizá un tono de esencial existencialismo y una voluntad por hacer del poema el patrimonio social de todos. Los poetas trabajadores de la palabra se alejan del ruido festivo y entran en sí mismos para intentar desenredar la madeja. Les presento a uno de mis favoritos, a mi querido y difunto Ángel González.

Agresión policial

La foto lo dice todo. Una mujer joven, de larga cabellera rubia, alta, esbelta, en minifalda, de nacionalidad noruega, es atacada sexualmente por un agente de seguridad. Cuando vi el vídeo de la agresión me quedé horrorizado. Es la viva imagen del macho que no puede contener sus impulsos y que a través de la violencia se excita sexualmente. Triste, que ninguno de los allí presentes, hiciera nada por proteger a la joven ante tamaña monstruosidad. Seguramente se mantuvieron imperturbables con sus respectivas caras de culpa, al ver que dicho ataque lo perpetraba precisamente un policía uniformado y de servicio. Es lo que hay, a la utoridad ni se le rechista y menos cuando va armada y entra en un estado de perversa excitación. Lamentable

lunes, 6 de abril de 2009

José Luis Sampedro. Escribir es vivir I

En su libro Escribir es vivir, José Luis Sampedro nos ofrece una interesante reflexión acerca de entender la escritura como un acto, o mejor dicho, como el acontecimiento de ir adentrándose en la espesura, en la espesura del ser, del ser humano que cada uno es. José Luis es uno de esos escritores liberados de la pompa y del ornato. No es un extraterrestre más del mundillo literario. Es un hombre que vive, que vivió y lo cuenta, a veces, con el pesimismo de aquellos que observan demasiado lo que pasa tanto dentro como fuera de ellos.

sábado, 4 de abril de 2009

Ser poeta

De mi libro Cuando yo era otro, hago entrega a mis lectores del poema "Ser poeta".

Para ser poeta

Hay que desvincularse del pasado,

rescatar cierta bisoñés lectora,

derribar la idiota aristocracia de los nombres,

los escaparates, los expositores de mercancía.

Para ser poeta

No es necesario escribir a todas horas,

tener en un ropero colgados

ocasionales harapos de bohemio

ni llevar una vida distinta y artificiosa,

no es necesario un desamor temprano,

una ausencia definitiva.

Para ser poeta

Hay que sentir los halagos como palabras extrañas,

no tener una patria demasiado extensa,

no escribir viciado por el hábito y la costumbre

y ante todo, morir cuando el poema muere.

miércoles, 1 de abril de 2009

Leo Bassi

Aquí tenemos a un intelectual diferente. Un intelectual que provoca, al que se le queda pequeña la tertulia de café y se pone a actuar, con esmero, con gusto estético, más allá de las aburridos manifiestos y proclamas. Enemigo de Berlusconi y del fútbol, hay que apreciar su discurso en los movimientos de sus espectáculos. No es un graciosillo insolente, no es un muñeco escatológico que hace reír y ahí se acaba todo. Hay un mensaje simple y potente detrás de todo lo que hace. Viva Leo Bassi; maravilloso "loco", nunca bufón de ninguna corte institucional de la izquierda, que solivianta, quizá sin él quererlo, a las huestes siniestras del siniestro catolicismo.

martes, 31 de marzo de 2009

Dejadlos morir

CREO NECESARIO SER AHORA DELIBERADAMENTE PANFLETARIO: A ALGUNOS EN ESTE PAIS LES IMPORTA MUCHO EL DERECHO A LA VIDA. ¿DÓNDE ESTA EL DERECHO A LA VIDA DE ESTAS PERSONAS? ESTO PASÓ Y SIGUE PASANDO ¿A QUÉ ESPERAN PARA LLENAR LAS GRANDES AVENIDAS DE LAS PRINCIPALES CIUDADES DE ESPAÑA Y DEFENDER ACALORADAMENTE EL DERECHO A LA VIDA, EN ESTE CASO DE LOS YA NACIDOS?

El discurso de Paul Auster

Texto que leyó Paul Auster en la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias 2006.

No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe…, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa. Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más? En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente… inútil. La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos. Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que hemos entrado en lo que algunos llaman la “era posliteraria”. Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas. De todos modos, en lo que respecta al estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento. Nunca he querido trabajar en otra cosa.

lunes, 30 de marzo de 2009

Una asombrosa casualidad

Nacer es una asombrosa casualidad, simple y poco sublime como la muerte diaria de personas que entran en el sistema de tuberías del infinito bajo el signo de un horripilante silencio del que no se conocen datos. A mí nadie me envió, yo nací y mejor será no pretender justificar mi presencia en el mundo no vaya a ser que por un natural afán de conocimiento acabemos todos sintiéndonos muy tristes. Celebremos la asombrosa casualidad de nacer, me parece bien, instintivo gozar de eventos tan inexplicablemente bellos. Nacer es una casualidad, pese a todo, yo estoy en el camino; mis juicios de valor, el calibrador de la ética haciendo de pequeño observatorio del mundo son mis útiles de trabajo. Nacer es una asombrosa casualidad que nos pone a corretear en un pasillo inexorablemente corto.